Luego dirán, como siempre dicen, que llorar es un error. Que hay cosas que es mejor guardarlas para uno mismo, que la manifestación de la debilidad es un arma de doble hoja, que nadie tiene porqué saber lo que te mantiene despierto toda la noche, como un animal alerta, escrutando con ojos como brasas la entrada de la guarida.
Y llevan razón.
Si, a pesar de este consejo, en un momento de flaqueza decides exponer punto por punto, los detalles de tu alma, no te sorprenda que produzcan un efecto inesperado. Este efecto normalmente va desde la total incredulidad, hasta el rechazo, pasando tal vez, por un intento fútil de comprensión.
La peor parte vendrá cuando te den por imposible. Si no eres lo bastante fuerte, probablemente este rebote te de en plenas narices, sumando el golpe a los que tu ya te das a todas horas donde más duele.
La esperanza, o incluso la necesidad de aligerar tu carga, ese peso que se parece a un saco de ladrillos, o al ancla de un buque, te llevó a exhibir los pormenores de tu espíritu, o de tu cabeza.
Pero has de saber que lo que tiene lugar de piel hacia dentro, es dominio de lo ininteligible y tan singular como la sensación de un orgasmo.
La equivocación proviene, de otorgar el poder del conocimiento a quien carece de empatía. O aún poseyendo cierto grado de intelección, degenere ésta en una condescendiente mezcla de indulgencia y resignación.
Una vez has abierto la ventana que vislumbra tu alma, queda fuera de tu alcance controlar lo que los demás vean a través de ella.
Por eso, una vez más, hazme caso, no la abras.
martes, 14 de abril de 2009
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